"Una novela es una carta que el autor se escribe a sí mismo para enterarse de cosas que, de otro modo, no podría saber."
Carlos Ruiz Zafón ("La sombra del viento").-
El momento más vívido

Mientras escribo estas palabras veo una foto algo amarillenta que saqué de un álbum familiar. En ella, mi hermana (la nena) y yo estamos como figuras centrales detrás de la mesa. La nena tiene un vestido azul con un lindo cintillo que le hace juego, yo tengo una franela blanca, me veo con grandes orejas, muy cabezón y una gran sonrisa. Mi hermana está mirando hacia donde estoy yo, y yo estoy viendo directamente a la cámara con mi gran sonrisa. Enfrente de nosotros hay una torta de cumpleaños en forma de la cara del ratón Miguelito (o Mickey Mouse para quienes prefieren nombrarlo en inglés). El resto de la escena lo ocupan mis primos cuando eran niños. Charlie se ve con sus cabellos rulos y rubios, Andreína tiene prácticamente la misma cara que tiene hoy en día (algunas personas jamás envejecen), Mariángela (la ahijada de mi madre) carga un vestido semejante al de mi hermana sin mirar tampoco a la cámara. Detrás de nosotros se ve la ventana que da hacia el garaje y el estante que guarda las copas de cristal. Una foto de un cumpleaños mío. Francamente es el primer cumpleaños que recuerdo haber celebrado en mi vida. Tal vez sólo soy capaz de recordarlo a causa de la foto (aunque lo dudo, hay otras fotos en el álbum en donde no puedo recordar nada de lo que la cámara tomó a mi alrededor).
Puedo recordar ese cumpleaños sin muchos problemas. Esa foto me gusta precisamente por eso, puedo recordarla. Es un buen momento que recuerdo de mi infancia. Estoy ahí, sentado frente a la torta con la cara del ratón Miguelito esperando a cantar la canción del cumpleaños y a comer gelatina. Puedo recordarme a mí mismo sonriendo ante la cámara y puedo recordar el vestido azul de mi hermana.
No hay mucho más que pueda recordar de ese día, pero definitivamente puedo evocar ese día. Puedo evocarme a mí mismo subiendo y bajando las escaleras, puedo recordarme a mí mismo mostrándole mis juguetes a mis primos y corriendo alrededor del patio, abrazando al perro (un boxer marrón).
Hay una foto de aquel día.
Sin embargo, ése no es el momento más vívido de mi infancia. No lo es ni siquiera remotamente.
El momento más vívido de mi infancia es mucho más bizarro.
El momento que más recuerdo de cuando tenía menos de diez años sucede afuera de mi casa. Y comienza en la terraza.
Está haciendo sol, aunque no hace el típico calor insoportable de Maracay (no recuerdo estar sudando en ese momento… lo cual es más bien atípico debido a que mi madre siempre afirma que, de niño, solía cambiarme de franela hasta 5 veces por día porque me la pasaba sudando). Estoy solo en la terraza viendo hacia el cielo, acostado en el suelo rojo y deseando volar como un ave. Recuerdo haberme levantado y recuerdo haber empezado a sentir algo nuevo dentro de mí. Detesto sonar cursi pero es la verdad, es como cuando uno se lleva el primer gran susto de su vida pero de un modo agradable. Recuerdo haber sentido algo así dentro de mi pecho. Recuerdo haber deseado flotar. Quería volar.
Y lo peor es que recuerdo haber volado.
Recuerdo haber estado de pie en la terraza y haberme empezado a elevar sin sorprenderme por ello. Mamá estaba abajo lavando la ropa en el fregadero. Por aquel entonces la habitación que hace las veces de cuarto de lavado aún no tenía paredes sino que formaba parte del patio. Recuerdo haber visto a mi madre lavando ropa mientras el perro me ladraba desde abajo. Recuerdo, de hecho, que era algo que podía hacer a voluntad. No fue sólo una vez. Fueron varias veces.
¡GUAU!!!
No recordaba hasta ahora que habían sido tantas, pero es verdad… creí que había sido sólo una vez cuando comencé a escribir esto, pero no es así. Fueron muchas veces…. Fueron muchísimas. Es más, recuerdo que me gustaba ver hasta donde era capaz de elevarme… y recuerdo que me deba miedo elevarme demasiado.
Solía volar alrededor de mi propia casa y de las casas de los vecinos. Incluso recuerdo una vez que papá me regañó porque unos vecinos le habían dicho que yo me pasaba las tardes subiéndome a los tejados. Ellos seguramente se preguntaban cómo hacía yo para llegar a esos lugares tan altos, pero lo que no sabían era que yo era capaz de volar.
Más que de volar digamos que era capaz de flotar. Flotaba por pura diversión, por lo mismo que a otros chicos les daba por correr o por dar vueltas sobre sí mismos. A mí me daba por flotar cuando estaba aburrido. Y lo hacía muy a menudo. Recuerdo que en las noches hacía frío, además en muy pocas noches me dejaban salir a la terraza (casi todas las veces mis vuelos comenzaban en ese sitio).
El más vívido de todos mis vuelos es el primero (casi nadie olvida nunca las primeras veces). Aquella vez que me concentré en flotar y me dejé llevar. Volé sobre mi casa, sobre el árbol de mango, sobre el patio y, no estoy seguro, pero creo que incluso me atreví a pasear sobre el parque que queda enfrente de mi casa.
Aunque es un recuerdo que tiene algunos matices difusos (como lo son casi todos los recuerdos), es también uno de los más vívidos de mi infancia.
Eso es precisamente lo extraño. Cada vez que pienso en ello me convenzo de que no puedo confiar en mis recuerdos. No es algo lógico que todo aquello se me presente tan vívido… o sea, no tiene pies ni cabeza que la sensación de flotar y de ver mi casa desde el aire, sin ningún punto de apoyo que me sostenga, tenga igual veracidad en mi memoria que la torta con la cara del ratón Miguelito el día de mi cumpleaños.
Ojalá y tuviera una foto mía flotando. Así no tendría que lidiar con la seria posibilidad de mi locura cada vez que pienso en ese momento; o con la posibilidad de traicionar todo lo que siento y decirme una mil veces: Tiene que haber sido solamente mi imaginación.
Acuario Escritor.-
Maracay, 26 de enro de 2006.-