"La tristeza es un don del cielo, el pesimismo es una enfermedad del espíritu."
Amado Nervo.-
"Sonríe aunque sólo sea una sonrisa triste, porque más triste que la sonrisa triste, es la tristeza de no saber sonreír."
Anónimo.-
El niño de la mirada triste
EL NIÑO DE LA MIRADA TRISTE
Había una vez un niño que tenía la mirada triste. Sus compañeros de escuela solían verlo desde lejos, pues él no dejaba que nadie se le acercara por temor a contagiarles su aparente tristeza. Su padre se mantenía distante de él, del mismo modo en que lo habían educado. Él se sentía orgulloso de sus ojos tristes, pues así los tenía su padre y el padre de su padre antes que él. Le gustaba parecerse a su papá a pesar de que aquello lo diferenciaba de otros niños, o tal vez, precisamente a causa de ello.
El niño de la cara triste disfrutaba de su soledad, lo hacía aprovechar el tiempo en otras cosas que para él eran más útiles que patear un simple balón de fútbol alrededor de una cancha atestada de otros que eran mejor que él para ese pasatiempo. En lugar de ensuciarse, pasaba las horas leyendo cuentos e imaginando mundos reales en otros lugares que muy pocas personas de su edad conocían. Él anhelaba aquellos mundos que no existían en su realidad. Soñaba convertirse en príncipe y ver dragones y explorar hasta llegar a la olla de oro que los duendes guardan en donde nace el arcoíris. Y tanto imaginar lo que parecía imposible, sólo acentuaba la tristeza de su mirada. Mientras más soñaba con aquello que no podía tener, más se llenaba su rostro de tristeza.
Un día, el rostro del niño de mirada triste no aguantó tanta fantasía imposible, sus ojos comenzaron a agrandarse. Las pupilas se le comenzaron a llenar de agua cada vez más y más. Hasta que finalmente, lloró.
Mientras el niño lloraba todas sus fantasías, su madre lo escuchó. Supo enseguida que su pequeño estaba perdiendo aquello que lo hacía diferente de los demás y corrió a consolarlo para decirle que era normal llorar cuando se tenía el rostro cargado con tanta tristeza. El niño no quería que su madre lo viera llorando, así que se ocultó debajo de la cama cuando ella entró a su habitación mientras las lágrimas seguían cayendo de sus ojos y rodaban por el piso.
La madre del niño entendió que el chico no quería ser visto, pero aún así quiso confortarlo y se quedó sentada encima de la cama. Mientras tanto, el niño veía cómo se caían al suelo sus mundos de fantasía convertidos en lágrimas y eso lo hacía llorar más. Poco a poco, el suelo se fue llenando de lágrimas mientras el niño comenzaba a comprender que pronto perdería por sus ojos aquello que antes nunca lo había abandonado.
La madre del pequeño de la cara triste no sabía qué hacer, y de repente tuvo una idea. Salió corriendo de la habitación, buscó aguja e hilo y comenzó a recoger con todo el cuidado que le fue posible cada una de las lágrimas que habían caído del rostro de su hijo. Y cuando las tuvo casi todas reunidas, comenzó a tejer con ellas y a enlazarlas en una tela.
El niño, que no entendía lo que hacía su madre, poco a poco se fue calmando, pues ningún llanto puede durar para siempre. Cuando sus ojos se secaron y ya no le quedaron lágrimas para llorar, salió de la cama y contempló a su madre que había tejido un suéter con las lágrimas de su pequeño. El niño de la cara triste exhibía una sonrisa por primera vez en su semblante, aunque se sentía vacío. Su madre lo miró y le obsequió el suéter hecho de lágrimas. El chico se lo puso y supo que aquella vestimenta sería siempre invisible a los ojos de los demás. También supo que más nunca necesitaría tener su cara triste debido a las fantasías que anhelaba, pues bastaría que llorara por ellas para volver tener puesta su sonrisa en el rostro.
Madre e hijo se abrazaron mutuamente y desde entonces, cada vez que el niño lloraba por una canción, una historia o una fantasía, el suéter crecía y le daba el calor que su propia madre había tejido para él.
Acuario Escritor.-
Caracas, 07 de enero de 2008